28 dic. 2016

Hasta los científicos tenían puestas las gafas del machismo androcentrista.

Hasta los científicos tenían puestas las gafas del machismo androcentrista



Esta entrada la quiero dedicar a analizar la construcción de género que se ha realizado desde la antropología clásica hasta la actualidad. Hoy quiero dedicarme a desmontar la concepción errónea que se ha tenido durante épocas del papel de la mujer. Mi intención a través de este escrito es facilitaros argumentos científicos que os sirvan como base para posicionaros y refutar opiniones machistas de un modo totalmente fiable y objetivo. 

Así, tras haber leído todos los textos que se indican en la bibliografía posterior, y que os recomiendo encarecidamente para enriquecer vuestros argumentos, podemos llegar a la conclusión de que el nexo en común entre todos ellos es: mostrar como la mirada androcentrista occidental ha contaminado los estudios antropológicos sociales. Y como en buena parte de los textos nos indican, esta mirada pudo comenzar a ser corregida gracias al impacto del Movimiento Feminista (1970). El cual originó grandes cambios en este campo y animó a la revisión de estudios etnográficos, para eliminar de ellos la mirada androcentrista y descubrir los roles de la mujer que en ellas se habían registrado y no se les había dado el reconocimiento que se merecían. Este hecho significó “desafío teórico .. de las verdades establecidas en la disciplina respecto a las mujeres en la sociedad y en la historia”. “Así la irrupción de algunos postulados feministas en la Antropología y la inclusión del análisis de género, produjo un cambio sustancial en los enfoques que hasta entonces muchos investigadores habían mantenido: se trataba de estudiar los poderes, las estrategias y la autonomía que las mujeres activaban tanto en contextos adversos (grupos patrilineales) como en aparentemente propicios (grupos matrilineales)” (Aixelà, 2005b, p.21.). “La premisa era que la dominación masculina no tenía por qué ser universal dado que cada grupo podía desarrollar sus propias construcciones de género y, en él, hombres y mujeres activar sus propias estrategias sociales” (Aixelà, 2005b, p21.).

La invisibilidad de la mujer en los estudios etnográficos

La mirada androcentrista conllevaba tener asumida la “dominación del hombre” por encima de la mujer. “Los antropólogos estaban trasladando a las comunidades estudiadas la división de actividades según sexo…que habían determinado esferas de poder en las sociedades europeas y anglosajonas” (Aixelà, 2003, p.80.). Esta concepción de los sexos fue la culpable de contaminar los estudios de los etnógrafos occidentales en la mayoría de sus investigaciones. Aunque es cierto que, a causa de la eficacia de sus herramientas y métodos para recopilar datos, registraron en sus etnografías informaciones relevantes sobre el papel de la mujer en diferentes contextos. El problema radicaba en que estos científicos, al analizar sus datos, no le daban la importancia que merecida a la mujer. Este fallo era originado por su subjetividad inconsciente, causada por la carga cultural que tenían los científicos, la cual le dictaminaba una manera concreta de interpretar el mundo y que podía ser muy diferente a las de las sociedades que estudiaban. Desde el impacto del Movimiento Feminista se comenzaron a revisar estudios etnográficos con el objetivo de depurarlos de la mirada androcentrista y construir un relato más fiel a la realidad que estudiaron sus antropólogos, pues como bien indica. “En muchas descripciones y análisis las mujeres han estado presentes, pero sus roles han sido distorsionados y malinterpretados. Las representaciones de las mujeres como seres pasivos o como ostentadoras de roles insignificantes, y la exageración sobre la gestión de su sexualidad y de sus roles como madres y esposas, y también la infravaloración de sus roles como madres y esposas, así como de su contribución en la toma de decisiones como productoras, son aspectos de esta distorsionada visibilidad” (Aixelà, 2016, p.11.). La invisibilización de la mujer en el resto de esferas no domésticas ni reproductivas, crea la necesidad de revindicar al Movimiento Feminista del reconocimiento de las mujeres en todas las esferas. Pues los antropólogos cometieron el error de contar una historia a medias, una historia en la que faltaban actrices implicadas, y sin ellas no hay sociedad que exista ni historia que contar.

Como hemos señalado en el párrafo anterior, desde tiempos inmemorables el hombre ha sido considerado un ser superior a la mujer en la cultura occidental, razón por la cual los etnógrafos no querían centrar sus estudios en ellas, y cuando ellos, por accidente aparecían las menospreciaban.
La concepción de la mujer en Occidente se asoció a la maternidad. Lo conllevaba ocuparse y responsabilizarse del cuidado de niños y familiares y ocuparse de las labores del hogar. Automáticamente, esta concepción de la mujer llevo con ella la división de tareas y poderes por sexos. La mujer quedaba apartada en la esfera doméstica, ocupada todo el día con sus obligaciones familiares. Además, se le consideraba un ser débil al que había que proteger para que continuará reproduciéndose la especie, ya que su faceta más valorada era su capacidad reproductiva. Al hombre se le otorgaron el resto de poderes, liberado de las responsabilidades familiares podía ocuparse de trabajar y ocupar cargos de responsabilidad y liderazgo en la esfera pública. Así, los gobiernos y las empresas eran ocupados por hombres, lo que provocó que en estos sectores sus roles se masculinizaran, impidiendo el acceso a él a las mujeres por no poder cumplir los cánones masculinos que para su acceso exigían.  De este modo se fue construyendo una concepción de la feminidad negativa, pues se presuponía que las esferas que ocupaba la mujer tan solo podían estar relacionadas con el ámbito doméstico, el cual era aburrido y carente de interés para los antropólogos, resultando mucho más interesante estudiar a los varones de una sociedad, ya que se entendía que ello se ocupaban de las esferas de poder, ellos eran los que gobernaban sociedades, dirigían la producción y ponían las reglas en casa, mientras que las mujeres solo acataban esas decisiones y de dedican a parir. Por lo que es entendible que los científicos prefirieran estudiar a los hombres y no a las mujeres, ya que ellos ocupaban esferas mucho más interesantes y relevantes en su sociedad.

Romper con la invisibilidad de la mujer en los estudios etnográficos

La perpetuación del sexo masculino en las esferas de poder garantizaba la “dominación masculina sobre la femenina”. El hombre había generado un sistema perfecto basado en la división de tareas mediante la variable sexo, la cual había acabado sometiendo a la mujer a sus normas y haciéndola esclava de su sistema. El hombre se había servido de un argumento biologicista, en el que encasillaba a la mujer en la maternidad y en la esfera doméstica, regalando a los varones el resto de esferas sociales y poderes. Este modelo de estructura social dio lugar a una teoría evolucionista bastante extendida hasta el Impacto del Movimiento Feminista, en la que se defendía que “las mujeres están vinculadas a la naturaleza, mientras que los hombres a la cultura” (Aixelà, 2016, p.6.). Algo totalmente paradójico, pues habían sido los hombres los que había creado un sistema diseñado para preservar la “dominación masculina” y mantener a la mujer apartada de ella mientras quedaba esclavizada en sus tareas domésticas y familiares. La moral occidental, cargada de prejuicios sexistas se cargó de razones para menospreciar: los trabajos etnológicos que centraban sus investigaciones en el sexo femenino (catalogados de estudios de ámbito doméstico presentaban muy poco interés y prestigio ante la comunidad científica) y los estudios llevados a cabo por mujeres (“se minusvaloraba el trabajo de la mujer y su influencia en la vida social” (Aixelà, 2003, p.80). Para esta sociedad era pérdida de tiempo que las mujeres llevaran a cabo estudios y más aún si los centraban en su género, pues la idea predominante en la comunidad científica era que “al estudiar a los hombres se obtenía una total representatividad de la sociedad estudiada” (Aixelà, 2003, p.80). Pero estas afirmaciones científicas podían ser desmentidas con estudios objetivos realizados en otros contextos, tal y como es el caso de los Bemba en Zimbawe, el antropólogo Firth mostró con su estudio “como las mujeres podían liderar jefaturas y tener un papel determinante en la esfera pública” (Aixelà, 2005b, p.9.).El antropólogo Nsughe también descubrió al mundo occidental una sociedad en la que “la construcción de los sexos era relativamente igualitaria” (Aixelà, 2005b, p.17.).los Ohaffia.
Todos los prejuicios e ideas machistas anteriormente expuestas se pueden ver en reflejadas en los estudios de la época. Así, en los estudios de parentesco solo se consideraba a la como madre y esposa. En los estudios de política se daba por sentado que las mujeres quedaban excluidas de la toma social de decisiones por encontrarse en la esfera doméstica. En los estudios de economía se “minusvaloró las actividades femeninas” (Aixelà, 2003, p.80). Se daba por sentado que “eran los hombres los responsables del sustento económico de la familia, mientras que las mujeres debían permanecer en la esfera doméstica y familiar desarrollando su actividad reproductiva, y teniendo presente la célebre complementariedad sexual” (Aixelà, 2003, p.80). La invisibilidad femenina en la economía venía de la concepción del trabajo como algo puramente masculino (masculinización del trabajo), “los hombres habían acaparado el proceso económico y negaban a las mujeres la entrada en él” (Aixelà, 2003, p.80). Los antropólogos Sahlins, Wolf, Terra y Meillassoux supieron ver la verdad oculta en la complentariedad sexual en el reparto de trabajo. Supieron desvincularse de la mirada androcentrista occidental y defendieron que “las actividades domésticas femeninas deberían también ser consideradas como trabajo” (Aixelà, 2003, p.90-91). Y en los estudios de religión se menospreció la incidencia femenina en este campo. Permitiendo únicamente a la mujer participar en los ritos populares porque tenían poco reconocimiento social. La religión fue una de las claves más importantes para la perpetuación de la dominación masculina sobre la femenina, pues la religión, los mitos y la magia sirvieron como herramientas para justificar la organización social de entonces (Aixelà, 2003, p.91-91). La sociedad patriarcal “encontró en la religión el más férreo defensor: a través de lo intangible que había en la religión, el mito y la magia, se pudo sostener una realidad social que establecía fuertes divisiones entre los sexos, con una clara dominación sobre las mujeres” (Aixelà, 2003, p.94)
Por todas estas razones, etnógrafas del siglo XIX y XX, fueron infravaloradas por la comunidad científica. Se puede deducir por los argumentos anteriormente expuestos que a las mujeres se les presentaban numerosos impedimentos para obtener estudios superiores, ya que la estructura social de la época no estaba diseñada para que una mujer lograra tal grado de conocimiento, pues su papel debía ser desarrollado en la esfera doméstica. El hecho de que algunas mujeres lograran cursar estudios superiores no era bien acogido por la sociedad en general y menos por la comunidad científica, la cual, contaminada por su herencia cultural de occidente, pensaba que el cerebro de la mujer no estaba preparado para llevar a cabo funciones y responsabilidades de tal envergadura. De este modo, a causa del machismo imperante en la sociedad hizo que los trabajos de las excelentes antropólogas pasarían desparecidos. Las temáticas de estudio escogidas por ellas se tachaban de temas para mujeres, quitándoles todo el valor y respeto que se merecían. Pero ¿por qué se les catalogaba de esta manera a sus estudios? Básicamente porque estudiaban a sociedades sin ponerse las “gafas del androcentrismo europeo”, y a causa de la invisibilización de la mujer en los estudios etnográficos realizados hasta el momento, se veían en la necesidad de estudiar el papel de la mujer en diferentes comunidades, visibilizando su estrategias de poder y derechos, mostrándole al mundo alternativas de estructura social en las que la mujer no solo era valorada por su capacidad reproductiva, enseñando al mundo que la conceptualización de género era un invento social, que derrocaba a su vez las teorías biologicistas y evolucionistas vigentes hasta el momento. Las antropólogas pioneras en esta lucha por la visibilización femenina en las etnografías fueron:  Audrey I. Richards y Philips M. Kaberry, “enfocaron por primera vez las múltiples identidades de los poderes y las diversas definiciones sociales de mujer en distintas culturas” (Stolcke, 1996, p.340.); Mary Smith, publicó en 1954 un relato minucioso en que una mujer contaba desde la perspectiva de género, la diferentes facetas de la sociedad patrilineal Hausa; Laura Bohonnan hizo ver con su publicación “las limitaciones que las normas académicas imponían, en especial a las investigadoras” (Stolcke, 1996, p.340.) por último Philips M. Kaberry y Audrey I. Richards en sus publicaciones individuales, Philips M. Kaberry llevó a cabo una investigación sobre los aborígenes en Australia en la “desafiaba la convicción establecida de que las mujeres aborígenes no desempeñaban un papel ritual de relevancia alguna, y por lo que estaban excluidas de la esfera de los sagrado” (Stolcke, 1996, p.339.) y Audrey I. Richards, publicó una investigación en la que argumentaba que en África “la nutrición como proceso biológico es más fundamental que el sexo” (Stolcke, 1996, p.337.). Esta última autora no tuvo mucha suerte, el estudio que en líneas atrás hemos nombrado, sirvió a sus colegas de profesión para atribuir los resultados de su estudio a la sexualidad femenina, totalmente vinculada con su capacidad reproductiva y a fin de cuentas función básica de la mujer, bajo la moral de la época en occidente.  En estas obras las autoras presentan y describen “en toda su riqueza la dimensión femenina de los procesos socioculturales en general, oculta en época en la que estas temáticas quitaban relevancia a sus estudios, feminizándolos en un mundo predominantemente masculino” (Stolcke, 1996, p.340.). Por el contrario, una antropóloga de la época logró tener una publicación de éxito, aunque este parece ser atribuido a la atracción que despertaba su temática en los hombres: la sexualidad. La científica Margaret Mead logro triunfar gracias a su tema transgresor y a su “combativa e irreverente vitalidad y personalidad imponente” (Stolcke, 1996, p.337.)
Otra de las consecuencias de la mirada androcentrista en los estudios etnográficos fue: los errores causados por sus prejuicios culturales en los estudios de sociedades matrilineales. El descubrimiento de sociedades matrilineales no sirvió a los antropólogos del s. XIX y XX para descubrirles un rol diferente de la mujer del que ellos concebían. No fueron capaces ver, a causa de sus gafas culturales, que la figura femenina en las sociedades matriarcales representaba la “memoria genealógica y el patrimonio y el prestigio del grupo” (Aixelà, 2016, p.15.). Ellos solo fueron capaces de ver que el poder en las familias “solos estaba en manos del hermano mayor y no de la hermana. En general, estos pensaron que las mujeres solo aparecían como meras correas transmisoras del parentesco” (Aixelà, 2016, p.15.). Gracias al Impacto del Feminismo se revisaron los estudios etnográficos en lo que se recogían estas informaciones. Haciendo una interpretación puramente científica y objetiva de los datos se pudo dar el reconocimiento merecido a las mujeres en estas sociedades.
La consideración del género en las ciencias sociales
Como consecuencia de la concepción histórica de la mujer en Occidente se crea la necesidad en las ciencias sociales de “considerar el sexo como una categoría analítica y … como el factor a partir del cual se realiza el análisis de la construcción sociocultural de los sexos desde el plano ideológico” (Aixelà, 2003, p.82). Haciendo conscientes a la comunidad científica de que “la construcción de género condiciona a las personas en su vida cotidiana, ya que puede incorporar una jerarquización sexual” (Aixelà, 2003, p.83). Liberando de este modo la carga cultural sobre la concepción de la mujer en occidente en los estudios venideros, y favoreciendo la revisión de estudios etnográficos anteriores que, invisibilizaron el papel de la mujer con el objetivo de otorgarles el reconocimiento que estas se merecen en la historia.
La consideración de género permitió visibilizar las estrategias de poder de las mujeres que vivían en sociedades machistas. Estrategias de poder para la participación femenina en todas las esferas sociales. Un ejemplo del uso del poder que hacían las mujeres cuando querían separarse de sus parejas en sociedades que no les reconocían ese derecho a ellas, era hartar al cónyuge hasta que este decidiera separarse de ellas, lo podían hacer desatendiéndole a él, a las tareas del hogar y castigándole sin sexo. Todos estos comportamientos hacían que una mujer fuera inútil para la vida matrimonial y por lo tanto indeseada por su cónyuge.


Feminismo Occidental
            Por último, hablaremos de la concepción de feminismo que se ha engendrado en occidente y que está creando rechazo al hecho de que las mujeres fieles al islam lleven velo.
Como bien hemos visto a lo largo de todo el texto, las mujeres en la sociedad occidental han sufrido y sufren la opresión de un sistema androcéntrico, patriarcal y desigualitario, que las sitúa en una posición de desigualdad. Y como bien explica Aixelà (2012) esta lucha histórica ha creado un rechazo a todos los símbolos relacionados con ocultar y aislar a la mujer de las esferas y poderes sociales. Es por ello que el velo que portan las mujeres islámicas es juzgado por parte del sector feminista occidental, ya que para éste simboliza: la opresión, la subordinación de las mujeres ante los hombres, la privación del derecho de la mujer a mostrar su cuerpo. Hace unos 10 años se victimizaba a las mujeres que portaban estas prendas, la sociedad occidental se apiadaba de ellas pensando que sus maridos y progenitores les obligan a llevar velo. Hoy en día se ha dejado de lado ese enfoque, ahora se les culpa a ellas de perpetuar esos símbolos machistas. Pero ninguno de estos dos enfoques sobre el uso del velo del velo es acertado. Lo que ha sucedido es que Europa, durante la última década ha recibido un alto porcentaje de inmigración islámica, y ésta para sentirse en la distancia arraigada a sus raíces (cultura, costumbres y religión) utiliza su forma de vestir (chilabas, velos, barbas largas, etc.) para sentirse cerca de su cultura. Así, el velo para un porcentaje de las mujeres migrantes islámicas no es un símbolo impuesto por sus padres o maridos, es un símbolo de identidad cultural. Tanto es así que muchas de ellas lo llevan combinándolo con vaqueros ajustados y maquillajes llamativos, demostrando que no son mujeres que reprimen su cuerpo, y que solo hacen uso del velo como un complemento más que les identifica como fieles al islam.

Bibliografía
AIXELÀ CABRÉ 2003: “La construcción de género en la Antropología Social”. Revista de Occidente, febrero, nº261, pp.79-95.
AIXELÀ CABRÉ 2005a: “Género y antropología social. Sevilla: Editorial Doble J: Comunicación Social ediciones.
AIXELÀ CABRÉ 2005b: “Parentesco y género en el África Subsahariana. La categorización sexual de los grupos matrilineales”. Studia Africana, nº16, pp.80-89.
AIXELÀ CABRÉ 2012: “La presentación social del cuerpo marroquí en contextos migratorios. Entre la afirmación identitaria y el rechazo islamófobo”. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, nº1, pp.19-48.
AIXELÀ CABRÉ 2016: “3. Androcentrismos antropológicos y el impacto del Feminismo en la Antropología”. Valencia: Universidad de Valencia, pp.1-18.
STOLCKE, Verena 1996: “Antropología del género” en Ensayos de la Antropología Cultural (Prat y Ramírez, eds.). Barcelona: Ariel, pp.335-343.


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